¿Qué es la astropolítica? Una reseña conceptual a partir de la obra de Everett Dolman
En las últimas décadas, el espacio exterior ha dejado de ser concebido exclusivamente como un ámbito de exploración científica para convertirse en un nuevo dominio de interés estratégico. En este contexto, han comenzado a surgir enfoques teóricos que buscan interpretar las dinámicas de poder más allá de la Tierra. Entre ellos, la astropolítica propuesta por Everett Dolman ocupa un lugar central. El presente texto tiene como objetivo presentar y reseñar los principales lineamientos del concepto de astropolítica desarrollado por este autor, atendiendo a sus definiciones fundamentales, sus supuestos teóricos y el modelado espacial que articula su propuesta.
La astropolítica según Everett Dolman
Como punto de partida de su marco teórico, Dolman (2002) define la astropolítica como una teoría de carácter determinista que vincula el poder del Estado con el control del espacio exterior. Desde esta perspectiva, el dominio espacial no sería el resultado de decisiones aisladas, sino la consecuencia de una competencia estructural en la que un Estado termina imponiéndose sobre los demás, legitimando su hegemonía global a partir de una supuesta superioridad política, económica, cultural y moral (Dolman, 2002).
El autor admite que este enfoque se inscribe dentro de un orden internacional basado en la primacía del Estado-nación. No obstante, señala que, en un escenario hipotético —poco probable en el corto plazo, pero posible a largo plazo— en el que la humanidad trascendiera dicho modelo y se organizara como una comunidad política unificada, la astropolítica conservaría su utilidad. En ese contexto, funcionaría tanto como un esquema racional de exploración del espacio como una justificación normativa del éxito humano más allá de la Tierra.
En estrecha relación con este planteo, Dolman introduce el concepto de astroestrategia, entendido como el análisis y la identificación de posiciones críticas, tanto terrestres como espaciales, cuyo control permitiría asegurar la supremacía política y militar en el dominio ultraterrestre o, al menos, impedir que un actor adversario alcance esa ventaja (Dolman, 2002). Esta noción constituye el punto de partida para su posterior formulación de las regiones astropolíticas.
Regiones Astropolíticas de Dolman
Dolman (2002) retoma y refuerza las nociones centrales de la geopolítica clásica, trasladándolas al dominio espacial. Desde esta perspectiva, la preservación de la soberanía estatal depende, al menos, de la capacidad de impedir que otros Estados ejerzan un control decisivo sobre posiciones estratégicas del espacio, tales como rutas, nodos críticos y puntos de estrangulamiento con relevancia político-militar (Dolman, 2002).
En el capítulo 3 de su obra, el autor desarrolla un modelado astropolítico del espacio exterior. Allí, además de introducir los principios básicos de la mecánica orbital necesarios para su análisis, propone una división del espacio en cuatro regiones diferenciadas: el sistema Terra, el espacio terrestre, el espacio lunar y el espacio solar. A continuación, estas regiones serán presentadas a partir de sus principales características físicas:
En el modelo propuesto por Dolman, el sistema Terra comprende la superficie terrestre y la atmósfera que se extiende desde ella hasta el límite inferior de una órbita viable sin aporte energético, conocido como la línea primaria de jurisdicción de Kármán. La inclusión de esta región resulta fundamental dentro de su esquema, ya que constituye el punto de partida de toda actividad espacial. En términos conceptuales, Terra funciona como una zona costera del espacio exterior: un espacio de tránsito obligatorio por el que deben pasar tanto los objetos que ingresan en órbita desde la Tierra como aquellos que regresan desde el espacio. En esta región se concentran, además, la totalidad de los lanzamientos actuales, así como las funciones de comando y control, seguimiento, enlace de datos, investigación y desarrollo, producción, operaciones antisatélite y la mayor parte de las tareas de mantenimiento, reparación y almacenamiento de sistemas espaciales.
El espacio terrestre se extiende desde la órbita viable más baja hasta algo más allá de la altitud geoestacionaria, aproximadamente a 36.000 kilómetros de la superficie. Se trata del principal entorno operativo de los satélites militares de navegación, observación y reconocimiento, así como del armamento espacial existente y proyectado. En su límite inferior, esta región coincide con la trayectoria de vuelo de los misiles balísticos de mediano y largo alcance tras el lanzamiento, lo que corresponde a la llamada órbita terrestre baja. En su extremo superior, incluye el altamente estratégico cinturón geoestacionario, ocupado mayormente por satélites de comunicaciones y meteorológicos.
Más allá de esta zona se sitúa el espacio lunar, que abarca desde el límite externo del espacio terrestre hasta algo más allá de la órbita de la Luna. Aunque el satélite natural de la Tierra constituye el elemento físico más visible de esta región, no es el único punto de interés estratégico que se localiza en ella. Dolman subraya que se trata de un ámbito cuya relevancia política y estratégica tenderá a incrementarse de manera significativa en las próximas décadas.
Finalmente, el autor define el espacio solar como el conjunto de regiones del sistema solar comprendidas dentro del pozo gravitacional del Sol, más allá de la órbita lunar. Si bien las posibilidades de explotación de este espacio mediante las tecnologías actuales son todavía limitadas, Dolman lo concibe como el próximo gran horizonte de la exploración espacial, asociado tanto a futuras misiones tripuladas como a la eventual colonización humana permanente.
Imagen 1: Cuatro regiones espaciales. Fuente: (Dolman, 2002, p.61)
Algunas consideraciones físicas para los sistemas terrestre y lunar.
En el entorno espacial, la gravedad constituye el factor central tanto para comprender la estructura del espacio como para desplazarse a través de él. Es la gravedad la que condiciona los recorridos más eficientes, así como la localización óptima de activos estratégicos. Esta topografía invisible del espacio exterior —compuesta por elevaciones y depresiones— se expresa conceptualmente a través de lo que se denomina pozos de gravedad.
La representación de este terreno resulta compleja, aunque suele ilustrarse mediante un modelo bidimensional en el que un objeto pesado deforma una superficie elástica, como una lámina de caucho tensada (ver Imagen 2). En este esquema, la profundidad del pozo depende de la masa del cuerpo celeste. Así, desplazarse desde la superficie terrestre hasta una altitud de aproximadamente 35.000 kilómetros requiere un esfuerzo energético considerablemente mayor que recorrer una distancia equivalente desde la superficie lunar, dado que el pozo gravitacional de la Tierra es sustancialmente más profundo que el de la Luna.
Imagen 2: Comparación de los pozos de gravedad entre la Tierra y la Luna. Fuente: Dolman (2002, p. 63).
Este concepto tiene implicancias directas tanto para operaciones militares como para actividades logísticas y de transporte espacial, incluida la localización de estaciones intermedias. Según Dolman (2002), las naves situadas en posiciones más elevadas dentro de un pozo gravitacional disponen de mayores márgenes temporales para la observación y la reacción ante posibles amenazas, en comparación con aquellas ubicadas en niveles más bajos. Desde esta lógica, la ventaja táctica y operativa en el espacio favorecería a los actores capaces de controlar las zonas superiores de dichos pozos. Las posiciones más ventajosas serían, en consecuencia, aquellas en las que el equilibrio entre fuerzas gravitacionales elimina cualquier atracción predominante en una dirección específica.
Dentro del sistema Tierra–Luna, las ubicaciones potencialmente más relevantes para el establecimiento de bases estratégicas o comerciales son las anomalías gravitacionales conocidas como puntos de libración de Lagrange, denominadas así en honor al matemático francés del siglo XVIII que teorizó su existencia. Lagrange identificó cinco puntos en los que las fuerzas gravitacionales de la Tierra y la Luna se equilibran (ver Imagen 3), permitiendo que un objeto ubicado en ellos —o en una órbita estrecha a su alrededor— mantenga una posición estable sin necesidad de gasto continuo de combustible. Una de las características más atractivas de estos puntos es que conservan una relación fija respecto de ambos cuerpos celestes.
No obstante, en la práctica, las perturbaciones propias del entorno espacial —como la actividad solar, las oscilaciones orbitales y el impacto de micrometeoritos— hacen que solo dos de estos puntos, L4 y L5, presenten una estabilidad efectiva a largo plazo. Aun así, otros puntos de Lagrange han sido utilizados para misiones científicas de gran relevancia, como la sonda GRAIL o el observatorio solar SOHO en L1, y los satélites WMAP, Planck y Gaia, así como el telescopio espacial James Webb, en L2.
Imagen 3: Puntos de Lagrange. Fuente: Dolman (2002, p. 66).
En síntesis, la astropolítica formulada por Everett Dolman constituye uno de los primeros intentos sistemáticos por trasladar las categorías clásicas de la geopolítica al dominio del espacio exterior. Lejos de concebir el espacio como un ámbito neutral o exclusivamente científico, Dolman lo interpreta como un nuevo escenario de competencia estratégica, condicionado tanto por factores físicos —órbitas, pozos de gravedad, posiciones estratégicas— como por decisiones políticas y militares. Su propuesta, marcadamente determinista y normativa, ofrece un marco conceptual útil para comprender las lógicas de poder que comienzan a proyectarse más allá de la Tierra, en un contexto histórico donde el espacio exterior adquiere una centralidad creciente en la seguridad, la tecnología y la proyección internacional de los Estados.